La tierra oceánica

Actualizado: mar 29

Es la clave de la cosmovisión mapuche entender que el esplendor terrestre, el que culmina en los enhiestos volcanes donde la nieve se inunda de rayos solares, está amenazado por el deseo que empapa al azul abismo del océano, el que anhela, desde siempre, llegar a poseerla.




La mitología mapuche se refiere a la guerra eterna de las dos serpientes, Kai Kai y Treng Treng, la que emerge del mar y la que anida en la tierra; en nuestro territorio no las olvidamos nunca porque, maremotos y terremotos mediante, su presencia es para nosotros cercana…

En las alturas andinas, a veces, a la sombra de las araucarias aún se encuentran, enormes y lustrosos, blancos y pulidos huesos de ballenas, el sagrado animal que, como se registra en varias cosmogonías de distintos continentes, comunica a la Tierra con el Más Allá.

Ahí en la nieve, sin embargo, nos recuerda que el océano se levantó hasta la montaña, para espanto de los humanos, los que así sabrían, después, que cuando las aguas del mar se recogen y unas luces anaranjadas se acercan a la costa, hay que huir de inmediato a las alturas.

En cada territorio de la etnia, había una altura mayor y señalada, a la cual debían ascender en caso de amenaza oceánica. Por lo mismo, aquí donde está la capital del país, el monte señalado tenía el nombre de Guardián del Valle, lo que reconocieron los incas al denominarlo, justamente, Apu Wamani o Señor de las Montañas, luego bautizado de un modo que nada nos sugiere: El Plomo…




Este monte, que se eleva tantas veces sobre el manto de nubes, es el principal proveedor de las aguas del valle, lo que es también una forma de proteger y cuidarlo, para que siga existiendo.

Pero, allá abajo, el océano espera el momento, su momento, deseoso de penetrar al interior hasta cubrir, entera, la tierra.

Es curioso descubrir que Kenneth White, luego de tantos libros que dan cuenta de la poética de este cuerpo celeste, a la hora de publicar el 2019 su obra final, opus poeticum ultimum como él mismo anuncia en el prólogo, lo haya titulado Mémorial de la terre océane.

Como si él mismo, también, quisiera referirse al transcendental choque de energías que, obsesivamente, ha sacudido al planeta una y otra vez. Prevé que la humanidad se acercará muy pronto hacia otro lugar del universo, pero que él, a pesar de todo, prefiere ser fiel a éste.

Antes de partir, y por eso lo llama Memorial, quiere destacar el acto de recordar, cuando aún es tiempo. Y nos hace presente que en la mitología griega era la memoria – llamada Mnémosyne-, la madre de todas las musas. Y que aún antes, entre los nórdicos arcaicos, Borr, el de los vientos boreales que era padre de Odín, según explicara Finnur Magnússen en el siglo XIX, se refería a “la primera montaña o cadena montañosa, que fue considerada por los ancestros de nuestra raza como emergida de las aguas en la misma región donde hizo aparición la primera tierra”…

Seríamos, así, nacidos del abismo. Portadores de los misterios que yacen en lo turbio y lo profundo, pero arrastrados por una fuerza que busca elevarse hacia lo luminoso y transparente..

El primer hombre habría nacido gracias a un animal hembra, la que lamió inafatigable los hielos salados hasta dar a luz; el que sería, así, hijo de la pureza del agua congelada y, también, transparente.

Ser mixto, de lo oscuro y lo claro.

Un prodigioso caballo de la cosmogonía nórdica, el Resbaladizo, de color gris y más veloz que ningún otro gracias a sus ocho patas – símbolo de los 8 vientos-, podía recorrer todos los horizontes, e incluso llegar hasta el reino de la muerte, y volver.

¡Cómo soñaron los poetas con ese arte, el dejarse ir y resbalar, de la vida a la muerte y de la muerte a la vida!

No podemos. Pero, a veces, nos atrapa desde adentro un impulso de muerte, aunque luego no sepamos cómo volver.

Odín el dios de los escandinavos, poseía dos cuervos que partían al mundo cada amanecer y a la hora del crepúsculo se posaban sobre sus hombros, para relatarle todo cuanto sucedía; uno se llamaba Munin – Memoria-, y el otro Hugin – Pensamiento.

No hemos olvidado al segundo, pero se nos ha empobrecido lo que representa el anterior: la memoria, el lugar de dónde venimos…

Es lo que recorre White en su nuevo libro recordando que, según Aristóteles, es con la memoria que podemos asir el paso del tiempo y atravesar los espacios, hasta permitirnos dar con, o crear la, coherencia del mundo. En tanto Henri Bergson plantea que los seres vivos ponen en acción materia y memoria, siendo ésta la que permite una concentración intensa del pasado en el presente.

Comenta White que por años tuvo en mente un estudio dedicado a las topografías primeras. Tal vez, creyente en el poder de la palabra, como los chamanes arcaicos, pensaba conjurar así las sombras de nuestro origen.

A falta de ese mapa, y mientras “el espacio deviene espíritu”, consagra su libro último a un proyecto similar, pero dedicado a lo que recibe el sol: “seguir los ritmos de la tierra, sus líneas, a veces continuas, a veces quebradas, del mundo”.

Se trata de un libro de poemas. Escocés de origen, hace algunos años abandonó París, donde La Sorbona lo acogió por décadas, para irse a vivir frente al mar: lo desconocido, lo temido, el peligro. Pero, también, lo que aquieta. En la misma Francia optó por un paisaje que se parece al suyo natal, el de las costas ventosas de la Bretaña y la Normandía. Donde la guerra del agua y la tierra es siempre intensa…

Recapitulando su trayectoria, cada poema tiene su versión inglesa original, pero también una francesa, como siempre obra de quien le ha traducido toda su obra a esta lengua, Marie-Claude White, su esposa.

No son los mares del Caribe, ni las playas del Mediterráneo, es el paisaje que recorren los frentes fríos; como dice en un poema dedicado a “la luz tempestuosa”, es en el corazón de las tormentas donde White encuentra el lugar desde donde mirar el mundo, cuando apenas comienza a clarear el día y la luz es una promesa débil, incierta.

Para el humano, nada es seguro.

El océano, ahí, deja oír su música lejana.

Los trovadores provenzales, dice, cantaban el alba, “la hora blanca”. Él, como ellos, también. Atento al respirar lento y profundo de la mar océana, en la piel el golpe de los fríos y salobres vientos marinos.

La hermandad de la niebla, de la neblina y de la bruma, en los labios húmedos…

Y de pronto la lluvia, intensa, prolongada, que lava el mundo; como si la oscuridad existiera para darle espacio al asombro de ver lo transparente.

¿Como alejarse hacia las montañas, y olvidar el llamado de lo profundo? White le canta a Ovidio, solitario en una orilla del Mar Negro, mirando cómo, en la oscuridad, comienzan a formarse las las líneas de un conocimiento de la tierra, una naciente “geognosis”…

El ser humano ante el mundo, en desconcierto. Curioso, anhelante: ¿Qué es esto?

Dentro de los muros de las ciudades laten el amor y el odio, el pulso de la vida y el de la muerte, pero el viento del mar, dice White, nos acerca a otra dimensión; es la sal de la tierra…

Murmura el mar, allá afuera, y chillan las gaviotas incesantes. Piedras enormes, graníticas, emergieron de las profundidades del planeta, y ahora brillan, rojas y húmedas, con las últimas luces del atardecer.

¿No es la belleza del mundo el resultado de una serie larga de catástrofes, pesadillas turbulentas de dioses desconocidos?

¿Y nosotros, en medio?

Le gustan a White los rostros de los pescadores, esos rasgos gastados por incontables vientos y lluvias, a lo largo de años y años, esos ojos que han visto tantas veces las luces frías que anuncian las tormentas.

Días de invierno, tan blancos ahí en la costa. Blancos los muros geométricos, el plumaje de las gaviotas, la espuma de las olas, los primeros granizos que ya caen, todo blanco.

No ha logrado venir a la Patagonia, pero lo desea; asomarse a estas otras blancuras, en playas extensas y desoladas, sin huellas humanas, donde la geología todavía está cruda; más cercano el abismo marino, sin rompeolas que contengan las crueles fuerzas del océano.

Donde el estruendo del estallido, eco de catástrofes geológicas, no tiene contemplaciones.




Columna cronista Miguel Laborde D.

Revista La panera



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